Sobre «Bitácora» de Gladys González

 

Poeta Gladys Gonzalez

Por Dario Ossandón

 

Son cerca de las 20:00 h. Camino por Lastarria después del trabajo  para asesinar el aburrimiento que siento. Miro un par de personas. Hace frío y  decido meterme al GAM. Entro con desconfianza y lo único que me motiva es encontrar un arma para poner fin al hastío. Pero el aburrimiento no ha muerto. En la librería hay gente reunida que dialoga entre risas y comentarios estruendosos. Una chica con voz de señora mayor habla sobre “lo natural” y “su abuela” o algo así. Tengo sueño, doy una vuelta entre algunos cómics. Miro las sillas y el lugar se hace pequeño, me quiero ir pero me niego. Me doy unas diez vueltas más, nada pasa. Luego los asientos son ocupados; tres mujeres se posicionan en la mesa donde se llevará a cabo la presentación de Bitácora (Libros La Calabaza del Diablo, 2018). La chica con voz de señora que escuché, es una de las tres mujeres. Lee un texto serio sobre la poética de la autora del libro que se presenta, casi como retando a los asistentes, casi como profesora de media. En el extremo izquierdo está la otra mujer. Mayor, pero con un timbre de voz adolescente y ligero. Habla más de lo que lee, ahuyenta el susto del reto inicial.

Al medio de ambas, está Gladys González (1981) , poeta nacida en Santiago y radicada en Valpo. No se ve ni vieja ni más joven de lo que es y su voz corresponde a su imagen. Agradece a sus presentadoras para luego leer alguno de sus poemas. De a poco se le va la voz, hace pausas para tomar agua y va palideciendo. Tose en cada verso que lee. Pide disculpas, dice que está enfermita: “Porque escribí estoy vivo” decía Lihn, pero aquí pasa todo lo contrario. Sigue leyendo y hace pausas, se disculpa, bebe agua, se toma la garganta con los dedos como si se fuese a caer. La voz cada vez más estertorosa coincide con la voz fúnebre de sus poemas. Apenas termina de leer, con una meliflua voz, se excusa: “Siempre pensé que moriría de sobredosis, pero parece que moriré de estrés”. Risas.

Me devuelvo a mi casa con un libro nuevo y con el pellejo del desgano como marcapáginas.

  

 

La poesía de Gladys González se asemeja al corte hecho a un celuloide inacabable, cuyas escenas son rebanadas y expuestas por la poeta al lector. Bitácora viene de un continuo, algo que comenzó una vez y cuyo final, es desconocido. No importa más que el corte final de la  mano de la poeta, quien excomulga al texto en comienzos y puntuaciones finales. El poemario, expone al lector frente a un rostro, brazo, arete y el ojo de un individuo oculto entre la oscuridad y el neón; aquello que es parte de un cuerpo y de un universo más extenso. Eso es Bitácora.

“La ciudad es una fiebre negra” decreta Gladys González a su vez que aúna en este verso los componentes de su poética compuesta por la melancolía y lo urbano.  La patología malsana de las pisadas, de calles abundantes, de individuos desamparados y delirios cargados de reflexiones tristes y sinceras. El flujo constante de la poética de esta obra viene de lo urbano, de quién circula por la ciudad propia y toma apuntes de lo presenciado. Gladys conquista esos parajes de interés como una cazadora de experiencias al acecho de todas las escenas necesarias.

La lectura de Bitácora puede llegar a ser espectral: por momentos, estamos en terrenos de imágenes asociadas a la muerte y la melancolía de un fuero interno, que a su vez se asocian con el paisaje externo de una ciudad bohemia y decadente. Poemas como “Pájaro azúl” o el primer poema, homónimo al título, nos introducen en un mundo que es testigo de las reflexiones más íntimas. Es precisamente, este cuaderno de apuntes, el portador de las maquinaciones, ya que “el arte de perder no resulta difícil en esta bitácora que lanza tierra abajo las huellas de un tiempo”. La razón de ser, la concepción de este poemario y la necesidad de enmarcarlo en estas notas, es un salvoconducto donde lo interno y externo son reflejos que se confunden entre sí.

En las calles habita exclusivamente aquello que debe ser escarbado para ser hallado y por lo tanto, registrado por la poeta: “por el patio trasero del lado salvaje”, en el poema «Navaja», aquello que requiere una mirada extra. Para González son los nightclubs fríos y los hogares en ruinas, los sitios de simbologías familiares pero abandonadas. Lugares llenos de polvo y piel muerta, donde las fuentes de soda y los lugares comunes son renegados: “las luces de los hoteles se reflejan sobre la vitrina de la comida que parece plástica/ un perro duerme sobre la mesa”. Cada paisaje tiene que ver con un estado interior maldito y los recuerdos endemoniados por el pasado, las adicciones y el mal pasar, la carencia de amor familiar, social, carnal; estos lugares portan señaléticas del recuerdo, espacios físicos concordantes con estos estados emocionales. Su razón de ser en el texto. Las piezas, externas e internas, son zurcidas para capturar instantes que otorguen reflexión y distancia en la galería de postales de la autora.

En Bitácora, cada poema logra sumergirnos en la oscuridad que existe en lo cotidiano y las grietas camufladas  entre calles y personas. Leer a Gladys González, es acompañar a una amiga a pasear con una piedra en la zapatilla: bajar, subir, cruzar el umbral de la puerta, resetearse, exorcizarse, posar para la foto. Al mismo tiempo, resulta satisfactorio y afable, ya que no es solo una cruzada por el aire viciado de las esquinas. Es también una conversación con la amistad terapeuta a quien expones tu Bitácora en un playlist de tristes canciones para volver a casa con el féretro más liviano.

La ciudad es una fiebre negra… y a su vez es el antídoto del delirio.

 

 

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