Claudia tocada por la luna: Un cambio en el relato

 

Por Katherine Hoch*

Vía El agente cine

A principio de año, cuando trabajaba en la Galería Plop! pillé un libro ilustrado (Me llamo Pecas) en donde el personaje principal se preguntaba constantemente por qué existían cosas para hombres y cosas para mujeres. ¿Importa? Preguntaba ella o él; nunca pude distinguir si en realidad era un niño o una niña. Y es que en realidad tampoco importaba demasiado, porque la pregunta de algún u otro modo, quedaba resonando: ¿por qué existen cosas para hombres y cosas para mujeres? ¿cuál será el sentido de hacer esta separación?

Claudia tocada por la luna es el primer largometraje de Francisco Aguilar, cineasta chileno. Documental de carácter colaborativo y expositivo, relata la transición que tuvo que pasar Juan Carlos para convertirse oficialmente en Claudia. Durante los 65 minutos que dura el film, vemos a Claudia Ancapán narrando distintos momentos de su vida. Problemas para tener una cédula de identidad con su nombre, conflictos con la Universidad Austral de Chile en Valdivia y problemas en el área pública de los distintos hospitales donde trabajó, son algunas de las circunstancias de discriminación que tuvo que enfrentar ella como mujer trans descendiente del pueblo mapuche.

La apuesta de Aguilar es de tono testimonial y cotidiano; como espectadores, acompañamos a Claudia en sus tareas y actividades diarias, y además, nos transportamos a las historias que ella recuerda sobre su infancia, adolescencia y adultez. Esto, en apoyo de imágenes y material audiovisual que nos sitúa en los distintos lugares donde ella vivió o transitó, específicamente en el Sur de Chile y Santiago.

Los mecanismos cinematográficos que funcionan en la creación de atmósfera del film, se respaldan principalmente en el relato que construye Claudia sobre su vida. De carácter lineal, ella cuenta en orden los sucesos. La vemos cómoda en lo que pareciera ser el living de su casa; revisan fotografías proyectadas, repasan los lugares en los que ella vivió, sus amores. El tono cambia, cuando en la pantalla vemos los pasillos de la Universidad Austral o de la Clínica Bicentenario, visitados por Claudia; en esos momentos, es su voz en off la encargada de contarnos qué fue lo que sucedió en esos lugares.

Momentos en el cine chileno como la creación de AMOR Festival Internacional de Cine LGTB+ (2016) o la realización de Una mujer fantástica (Sebastián Lelio, 2017), son hitos artísticos que apoyan la discusión socio cultural que está ocurriendo actualmente en Chile. De algún u otro modo, Claudia tocada por la luna, nos interna en las problemáticas con las que tienen que lidiar todas las personas trans, pero también nos interna en la cotidianidad de esta mujer. Mujer que vemos viajar, cantar, marchar e incluso, en la camilla del Hospital Carlos Van Buren, luego de su cirugía de reasignación de sexo.

En la cultura mapuche, no existe una palabra para denominar o definir la homosexualidad o la transexualidad. Lo que existe, es un mito que cuenta que la poderosa luz de la luna cuando tocaba a los hombres, hacía que afloraran sus instintos más ocultos y profundos. Por eso, a ese tipo de hombres, que no tenían miedo de mostrarse como mujeres, se les llamó “los tocados por la luna”. Para Claudia, este relato tuvo más que sentido, ya que fue criada por padres de sangre mapuche y además, evangélicos. Mito y religión, fueron las herencias que recibió ella durante sus primeros años de vida.

Dicotomía, según una de las tantas definiciones que entrega la RAE, significa bifurcación de un tallo o rama. “Dicotomía entre hombres y mujeres”, repite un par de veces Claudia en el documental. Ella tuvo que vivir en ese vaivén que existe entre el uno y lo otro; vaivén que, si bien se mueve de un lado a otro, nace de un mismo origen, objeto o individuo. Bajo esta lógica entonces, hombres y mujeres vendrían de un mismo elemento y, por lo tanto, no serían necesariamente contradictorios.

claudia tocada por la luna

Así, entendemos entonces que más que ruptura, aquí nos enfrentamos a la unión de dos elementos que, por construcciones socioculturales, se instalan desde la idea de los polos. Hombre o mujer. Sol o luna. Matar o morir. Hemos aprendido a distinguir lo uno de lo otro a partir de señuelos que indican categorías. Ropa, objetos, colores, comportamientos e incluso oficios generan una tendencia hacia lo que conocemos como lo femenino o masculino.

Parte importante del testimonio de Claudia da cuenta de la horrible burocracia y falta de apoyo legal que tienen que vivir las personas con identidad de género trans. Temas tan básicos como la negación de un carnet de identidad que dé cuenta de su nueva individualidad -Claudia, ya no Juan Carlos- son relatados con dolor por esta mujer. Al no existir una ley de género que apoye la obtención de un carnet que corresponda a la verdadera identidad de una persona trans, la única solución es acudir al Tribunal de Justicia. Es por medio de un juicio, donde se debe luchar por la obtención de este documento básico. ¿Cómo sería si en vez de ir al Registro Civil, sacar número, pagar los $3.820 y obtener en un par de días tu cédula de identidad, tuvieses que ir a los Tribunales para convencer que tú, efectivamente, eres tú?

El documental también muestra otra problemática menos obvia quizás: la discriminación de género, muchas veces viene de parte de los profesores, no de los alumnos. Claudia relata, cómo los niños y niñas de su escuela, entendían que a pesar de que ella físicamente se veía como un niño, no quería hacer las cosas que supuestamente, hacen los niños. Por lo mismo, sus compañeras preferían tomar a Claudia de la mano y llevarla a jugar a la ronda. Todas juntas. Era en ese momento, de liberación y juego, cuando los profesores la obligaban a separarse de las niñas, y la llevaban a jugar fútbol. “Juan Carlos, tú tienes que estar con los niños y hacer cosas de niños”.

Así, como en la historia de Pecas, la versión colegiala de Claudia entendía que la verdadera dicotomía, fue autoimpuesta por su herencia familiar, social y cultural. Porque después de todo, la duda es, ¿existen realmente cosas para hombres y cosas para mujeres?

 

* Katherine Hoch (Santiago, 1991). Estudió Letras y Ciencias del Lenguaje. Ha participado del taller Poetizar y pensar de Nadia Prado (2017) y del taller Ensayo literario de Matias Rivas (2018). Actualmente es editora del colectivo Pantógrafas.

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