Sobre Julie en Trois couleurs: Bleu (1993)

Por Sofia Vaisman

 

El ojo, el reflejo de un otro en él y lo que nos ha sido arrebatado. El deseo de término que se vuelve irresistible, vidrios rotos, intentos varios de aniquilamiento (todo es tan blanco).

—No puedo.

Muchas no pudimos y nos bancamos la compasión ajena, sus estímulos, sus regalos. Homenaje de bronces en tempo lento, melodía circular. Nos tiemblan los labios, son tantas las flores y el ruido blanco. Los campanarios ocultan la orquesta. Estupefacción matutina y hostilidad:

—Julie, ¿es cierto que usted escribía la música de su marido?

Ira de colgantes, vaciar la habitación azul. El piano, sus armónicos, los muros de piedra, las pisadas, los bosquejos de partituras, derrumbarse, estar sentada. Imaginar sonidos desde el papel, el vacío al final del pentagrama es ineludible, la mente que especula en la violencia.

Destruir, destruir las partituras, masticar un dulce compulsivamente. Llamar al merodeador, la casa vacía, la orden de desnudez y tanta lluvia rozándonos y el tutti de cuerdas, los sforzando intercalados de silencio.

—Solo queda el colchón.— Sonríe Julie, una mujer como cualquier otra, sudas, toses, tienes caries, sonríes.

—No me extrañarás.

 

Y entonces hablas con ese tono profético, grandilocuente. Raspas el puño contra las enredaderas, contra el muro de piedra indistintamente. Desapareces en el centro de la ciudad.

—No quiero niños en el edificio.

Ninguna ocupación, el colgante, monofonía azul, cuerda pulsada y desvío. La observancia de los fragmentos y nudillos rotos a la luz de pequeños fractales, la reconciliación con una misma.

Flautas callejeras, distensión del tiempo, café y helado —como siempre—.

Golpean a un extraño en medio de la noche. Quedarse inmóvil frente al pánico ajeno, quedarse afuera, espiar la vida privada de los vecinos. No estoy segura si rio de sí misma. La línea de los bajos a bocca chiusa, música que confabula en la quietud involuntaria, el mal descanso y el macetero que cae,

—Disculpe el ruido, ya casi he acabado.

 

—No es asunto mío—, envejecer con los ojos cerrados, sentir el sol, deseos inconclusos.

—Nada es importante—, Una cadena con una cruz.

—No, discúlpeme.

Tutti orquestal y a negro. Ahora estoy segura de que ríe. Cadenciar dos veces, una marcha de súbito la detiene, el corno francés sobresale, (por debajo un acompañamiento de cuerdas en tenuto). No puede huir de su propia perturbación.

—¿Se encuentra mal? ¿Cómo está?

—Siempre debemos guardarnos algo.

—¿Qué dice?— Una intrusa:

—A ti te ha pasado algo. No eres mujer a la que se engaña o abandona.

Figura simbólica de María Magdalena. Se ha olvidado la flauta. El movimiento pendular de la cuchara, te descubrieron.

—¿Nadie sabe dónde vivo? ¿Oye lo que toca?

El terrón de azúcar rebalsado por el café, la insistencia simultánea de lo amargo y lo dulce. Un nido de ratas, querer huir a un símil, los gatos rasguñan. La noche trae gemidos nuevos y la madre asilada:

—Antes yo era feliz. Los quería y ellos me querían.

—¿De pequeña me asustaban los ratones? Ahora tengo miedo.

—Corrías como si te hubiera ocurrido algo, ¿lloras?

La oscuridad y el tutti, oboe que cruza.

—No, es el agua.

Tengo el gato del vecino para que mate al ratón. Los ratones, los niños, no debemos destruir cosas así. Encontrarme con ella:

—¿Usted es la amante de mi marido?

El niño es suyo.

 

Un rato bajo el agua, lo suficiente como para inhalarla, tos. El piano, el asilo, la televisión con deportes extremos, el pedal sin levantar y los armónicos que flotan, figuras rítmicas con puntillo, afrancesadas.

—Perdón.

Amplios pliegos de partituras, la casa, música escrita con silencios. Piel acuática, la obra develada. Abril y el insomnio de un adolescente, lágrimas, la sombra de las hojas a través de la ventana.

—¿Es cierto que duerme en el colchón donde nos…?

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