Sobre «Sistema nervioso» de Lina Meruane

Por Eduardo Bustamante*

 

Todos los sistemas fallan. Es más: un sistema “es un error si no admite el error”, según una rima del rapero Mantoi. Aquel dictamen parece ser el hilo conductor de Sistema Nervioso (Random House, 2018), la última novela de Lina Meruane.

Tras una pausa de seis años en su obra de ficción, Meruane vuelve sobre sus temas habituales: la enfermedad, la escritura y los roces de las relaciones interpersonales. Sin embargo, Sistema Nervioso, se presenta como una obra mucho más ambiciosa que su antecesora, Sangre en el ojo (Random House, 2012), y también más compleja, lo que deja en claro la vitalidad de su prosa.

 

La reflexión en torno a la escritura es fructífera, pero tiene un doble filo; la reflexión lleva a la duda y la duda en la escritura, si no es contenida, la paraliza. Esa es la tragedia de Ella, la protagonista de Sistema Nervioso. Vara hace meses en la escritura de su tesis de doctorado en física sin poder confiar en sus palabras, ni en la elección de sus temas por un período que le permita lograr avances; menos puede tener profesores que la guíen. Avanza, retrocede, vuelve a empezar. Entonces, es víctima de un particular deseo: una enfermedad podría darle el tiempo necesario para terminar su tesis, absolviéndola de las clases de ciencias planetarias que imparte. Y eso es lo que ruega a su difunta madre biológica: “Sólo la baja temporal de ese trabajo mal pagado para poder entregarse a otro que no paga nada” (17).

Vale decir que, si ella se ocupa de los sistemas planetarios, los sistemas del cuerpo no le son ajenos: su Padre y su Madre (postiza, madre de sus hermanastros) son doctores, razón de peso para saber el riesgo de lo que pide. Él, de hecho, le advierte: “Be careful what you whis for” (18), pero sus palabras no sirven de nada. Su extraña bendición llega: lo que comienza por ser un ardor en el hombro termina por imposibilitar el trabajo y comprometer su médula espinal. Su sistema nervioso regala chispazos que traban sus quehaceres diarios. E impiden, también, avances: todo lo que su mano escribe, mientras busca respuestas a sus aflicciones, luego le parece inconexo, inútil. ¿Y lo que vendrá después? Es difícil preverlo.

Los personajes que pueblan la novela no tienen nombre, y solo se definen según la relación que mantienen con Ella. Así, está Él, el Padre, la Madre, el Primogénito, los Mellizos, entre otros. Se desenvuelven no en lugares, sino en tiempos: el país del presente, donde Ella vive junto a Él en lo que se infiere el lento desenlace de su relación, y el país del pasado, país de origen de Ella y donde vive su familia (EEUU y Chile, respectivamente).

 

El libro se divide en cinco partes, definidas según un orden espacio-temporal: agujeros negros (presente inquieto), estallido (meses antes), vía láctea (pasado imperfecto), polvo de estrellas (entre tiempos) y gravedad (tiempo futuro). Los tiempos descritos están ligados a las experiencias de Ella: los inicios de su relación con Él, médico forense que no vuelve a ser el mismo tras un accidente que casi lo mata. Las llagas de su pasado junto a la extraña familia que su Padre conforma luego de la muerte de su madre biológica; los síntomas de la cercanía con la muerte. Esto, da a entender el libro, es una tautología: todos, en todo momento, estamos cerca de morir. Sorprende el tono lúgubre y desesperanzador de Meruane en esta narración, que nos da pruebas, una y otra vez, de que todo está destinado a perecer. Por supuesto, no basta con saberlo: “Lo que ha dicho su Padre: tener información no es tener conocimiento. Como si esto Ella no lo supiera. Ella que está llena de datos cósmicos que no sabe interpretar” (34), ni tampoco con entenderlo: “(…) porque el conocimiento no sólo se acumula, también se pierde si no se regresa a él” (34).

 

La atmósfera turbia y enfermiza que en Sangre en el ojo ocurría, daba cuenta de la introspección morbosa y manipuladora de su protagonista. Aquí, en cambio, se reparte en partes iguales entre todos los individuos que conforman el sistema narrado por una voz ajena, omnisciente: el Padre, cuya primera esposa era una prima lejana, y cuyo raciocinio médico se esfuma cuando el enfermo resulta él; la madre biológica, aficionada a experimentar con la salud de sus Mellizos, exponiéndolos a enfermedades y peligros en pos de monitorear sus reacciones, sus luchas por sobrevivir; el Primogénito, hermano mayor de Ella que parece fracturarse huesos cada cierto tiempo a propósito con tal de expurgar un deseo de escape de sí mismo, y que en la adolescencia, solía golpearla a Ella por la culpa de la muerte de su madre. Su hermano no es, sin embargo, el único rastro de violencia en su vida. Los hombres la han golpeado, la han violado. Desde entonces, se refugia en discotecas homosexuales; el alivio de bailar entre hombres sin saberse deseada.

El único instante en que la palabra violencia le da esperanzas, es cuando la escucha en la boca de Él (antes de que comiencen una relación), quien dice dedicarse a estudiar huesos para deshacerse de la violencia. Y lo que Ella no sabe, es que esa violencia no es la del fascismo en plena dictadura; sino la violencia de otro hombre en su vida.

 

Hay afirmaciones médicas en Sistema Nervioso que recuerdan a Aniquilación (2018), el film dirigido por Alex Garland y protagonizado por Natalie Portman. Por ejemplo: “Error 401. El mandato de la multiplicación en las células daba tanto cáncer como hijos” (156), o la constatación de la Madre de que las células que protegen el cuerpo son, a la larga, las mismas que lo destruyen. Pero estos datos, que en la película de Garland son la base para una historia de ciencia ficción extraterrestre, en la novela de Meruane se valen por sí mismos para sacudir al lector con la idea de que está muriendo. El cuerpo es su propio enemigo, el humano es el enemigo de su propio mundo y  conocerlo no le supondrá garantías de poder solucionar las cosas, porque “tener conocimiento tampoco significaba actuar en concordancia” (265). El cuerpo cambia, como lo demuestra cuando el narrador menciona que, antiguamente se pensaba que las amígdalas concentraban los recuerdos, y hoy se extirpan, por innecesarias.

Esta novela recuerda que también los textos, y la lengua, son sistemas. No es de extrañar que Ella huya de una autopsia real para refugiarse en los órganos de plástico en la oficina de su Padre, o de la observación in situ del cielo, que le produce vértigo, para volver a sus datos y fórmulas. Al parecer, lo inabarcable produce terror.

 

 

* Eduardo Bustamante (Chile, 1996). Escribe y dibuja. Estudia Literatura, Mención en Guiones. Fue antologado en el libro Mi canto no termina (Fundación Neruda, 2018). Actualmente colabora en el sitio Liberoamérica.com.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *